domingo, 14 de septiembre de 2014

Catalanofobia

A los catalanes que han sucumbido al agit-prop del nazismo imperante en esa bella región de España les altera mucho que les lleven la contraria o que se metan con los iconos oficiales del Reich Catalán.
Así, llamar gilipollas a “Pep” Guardiola es, para esta especie tan numerosa de engañados, un acto de catalanofobia.
Ellos pueden, en público, llamarte inculto, facha, invasor, ladrón y otras lindezas de diverso calibre… pero tu no puedes decir de ellos absolutamente nada, porque eso te convierte en catalanófobo.
Lo mejor de todo es que el que te acusa de catalanofobia ha nacido – por ejemplo – en Almería, aunque se haya criado en la misma Barcelona en la que nací y me crié yo, se crió mi padre, y vivió mi abuelo que – por cierto – nació en Gerona.
Han sido muchos, muchos años de aguantar sus estupideces, su victimismo, su hipocresía… y al final, como tantos otros catalanes, he dejado la “dolça Catalunya, patria del meu cor” en un exilio voluntario.
Un exilio en busca de oxigeno, de libertad, de paz…
Varios miembros de mi familia han seguido viviendo en Cataluña.
Mis hermanas casaron con catalanes y han vivido siempre en Barcelona… sus hijos han sufrido la opresión asfixiante que padecen los que siendo catalanes no se doblegan a las mentiras de los neonazis de las banderas “esteladas” (“nosaltres sols”).
Una opresión latente, callada, omnipresente y – por supuesto - negada por el colectivo.
Una asfixia de pequeños gestos, de malas caras, de respuestas impertinentes, de decepciones y traiciones de aquellos a quienes creías amigos, de silencio cobarde… de hacerse perdonar el apellido con ostentosas muestras de fidelidad a la causa.
Ellos lo niegan, claro está, pero es así… y yo lo sé porque lo he vivido.
Razonar con un catalán que ha nacido en Almería es imposible… porque cuando llegaron a esta tierra de promisión les contaron que el catalán era superior al español, una raza excelsa, un colectivo al que es un honor pertenecer… y se lo creyeron.
De modo que, para ellos, un paquistaní con una estelada en las manos, es mas catalán que el abajo firmante… están locos.
He tenido que escuchar a lo largo de mi vida estupideces del estilo de que Franco llenó de andaluces Cataluña para fastidiar a los catalanes, que un catalán se parece mas a un sueco que a un señor de Burgos, que el resto de España vive – exclusivamente – del trabajo de los catalanes… y que los que no son de pura cepa, de pata negra, se denominan “charnegos”.
A mi mujer le espetó una gilipollas de buena familia que si venía a veranear a Cataluña, su obligación era aprender catalán.
Y de estas, señores míos, hay para llenar la diagonal.
También hay catalanes sensatos.
Son muchos, no se crean.
Pero no se les oye porque como tienen que dar de comer a sus hijos, se ven en la necesidad de no hacerse notar… no sea que les manden unos trabucaires de Cardedeu a hacerles un escrache.
En su delirante estupidez, los partidarios del trabuco, acusan a los que afean su conducta de “separadores”.
Hay “separatistas” y “separadores” dice el slogan.
Pero no es verdad.
Separador es el que quiere la separación y, que yo sepa, eso es patrimonio exclusivo de los separatistas.
No he conocido nunca a ningún “separador”… he conocido a gente harta de que le acusen de ser un ladrón (“Espanya ens roba”), de que se use el dinero de sus impuestos para hacer campaña contra España y los españoles, de que se haga boicot a los productos "de fora" (lease españoles), de que se le responsabilice de los problemas económicos de esa Cataluña llena hasta la bola de sinvergüenzas que – arropados en la “senyera” – han hecho el agosto para tres generaciones.
Quiero a Cataluña.
Cataluña es mi infancia, mi adolescencia y mi juventud, mi primer colegio, mi primera novia… en Cataluña aprendí a rezar.
¿Cómo no voy a querer a Cataluña?
Pero no concibo Cataluña sin España, no la entiendo como otra cosa que una parte indiscutible de España, de algo unido al destino de España desde que el Reino de Aragón se unió al de Castilla... pretender que Cataluña era un ente ajeno a esta realidad es mentir con toda la boca.
Para los nazis de la “estelada”, esos que se uniforman con camisetas de colores para desfilar por la diagonal, yo soy un catalanófobo.
Llevan treinta años machacándonos con sus mentiras y su victimismo hipócrita… y la culpa de sus males la tengo yo.
Como decía el cartagenero: ¡manda huevos!