sábado, 23 de septiembre de 2017

Cataluña

Ayer cenando con unos amigos salió, como no, el tema de Cataluña.
Como soy catalán y he pasado mi infancia y adolescencia en Barcelona, donde todavía residen mis padres y dos de mis hermanos, creo que puedo hablar de esto con cierta solvencia.
No es cierto que esto que está pasando sea un fenómeno sobrevenido.
Desperté a la política en la década de los setenta.
Yo era un adolescente que trataba de entender lo que sucedía a mi alrededor, intentando hacerme un  sitio en una sociedad en la que – por mi educación – no encajaba demasiado bien.
Ya en esa época viví la desafección del pueblo catalán hacia España… tenia entonces quince años y ahora tengo cincuenta y siete, y lo recuerdo como si fuera ayer.
La Barcelona que viví en mi juventud era una ciudad moderna (o al menos de eso hacía gala).
Se consideraba a si misma la “punta de lanza” de España, la mas europea de sus ciudades, la que tenía las universidades mas adelantadas… no había deporte por minoritario que fuera que careciese de federación,  cualquier afición artística, cultural o técnica disponía de asociaciones de apoyo, clubs donde ejercerla o centros donde desarrollarla.
Florecía una “cultureta” de fotografía, pintura, escultura, literatura, teatro, deporte… mi colegio, el “Padre Mañanet” de las Corts, de la congregación de “hijos de la Sagrada Familia”, por ejemplo, tenía un prestigioso equipo de hockey sobre patines y un equipo de baloncesto (al que pertenecí por un breve espacio de tiempo) que despuntaba como duro rival en las ligas escolares.
Creo que era – en efecto – diferente a otras sociedades.
La Cataluña industrial y adinerada, era un lugar en el que a fuerza de trabajo, de negociar, de ganar dinero,  podía uno irse haciendo un hueco en la sociedad, algo que no pasaba (y sigue sin pasar) en otras zonas de España donde los apellidos – por poner un ejemplo que conozco - siguen pesando mucho mas de lo que la razón aconseja.
Creció en Cataluña una clase media que tenía dinero, coche, apartamento en la playa, electrodomésticos caros y máquinas de fotográficas sofisticadas, pero que en las estanterías de sus salones,  solo se podía encontrar – en el mejor de los casos – una enciclopedia “Larousse” apenas estrenada.
Los niños de mi generación crecieron en la idea de que ser catalán era mejor que ser de Albacete, que eramos mas modernos, mas inteligentes, mas civilizados… nuestras sierras y montañas eran inmejorables y nuestra industria podía competir de tu a tu con las mejores empresas de Europa.
Viví una Cataluña llenita de “charnegos” de primera generación que – en esa creencia - hicieron lo imposible por hacerse perdonar su origen mesetario o meridional.
Y no hablo de oídas, lo viví en el colegio.
Esa sociedad de mi infancia ya rechazaba cualquier cosa que significase autoridad.
Especialmente despreciados eran aquellos colectivos que dedicaban su vida al servicio público en los denominados “Cuerpos de Seguridad del Estado”. Para una sociedad que siempre ha visto como única meta respetable hacerse con un capital, cuanto mas grande mejor, vivir una vida de sacrificios por un sueldo miserable, ha sido siempre algo incomprensible.
Y sí, no es caricatura o leyenda, el pueblo catalán es muy materialista. Mucho.
Quiero también hacer un apunte que viene al caso.
En este entorno, las carreras mas deseadas eran Económicas, Derecho, Medicina las diferentes ingenierías y de forma tangencial pero no exentas de cierto prestigio, Geografía e Historia o Filosofía, aunque ya en aquella época se las consideraba carreras sin demasiado futuro.
Los que sacaban buenas notas en el colegio se distribuían uniformemente entre esas facultades, los estudiantes torpes tiraban por INEF (si tenían aptitudes para ello) o Magisterio.
A resultas de eso, mi generación aportó una legión de resentidos a las carreras que ya entonces empezaban a articularse como fábricas de separatistas.
La OJE, no era moderna, los Boy Scouts si. Y en los grupos de Boy Scouts que se formaban en las parroquias de mi infancia, ya se implantaba el amor por la “terreta” con un entusiasmo digno de las hitlerjugend.
En la parroquia de mi barrio (donde mi madre fue catequista) los “mosens” se apuntaban al catecismo holandés con entusiasmo, interpretaban el Vaticano Segundo con una ligereza sorprendente y predicaban que había que amar al prójimo incluso aunque éste no fuese catalán.
La Iglesia catalana tiene una parte importante de responsabilidad en los lodos de aquellas aguas.
Así que no estoy sorprendido.
Tras treinta años de manipulación interesada, la desafección de antaño se ha tornado odio.
No se equivocan todos esos catalanes intelectuales, actores, cantantes, profesores de universidad, etc, que  dicen que esto que trata de montar Puigdemont es un disparate. Ellos lo saben bien, porque  colaboraron con entusiasmo en la siembra de esta madreselva que amenaza ahora con devorarlo todo.
Salí de Barcelona al cumplir los veinte y, aunque he vuelto a ella todos los años de mi vida a pasar temporadas, a visitar a mi familia, a trabajar en alguna ocasión… a día de hoy, este catalán en quinta generación no se identifica ya con su tierra ni con sus gentes.
Y no puedo quitarme de encima la sensación de que ya es tarde… Cataluña, por la desidia de los sucesivos gobiernos de España, la estupidez de Zapatero (aprobaré lo que votéis) y la mala leche y la sinvergonzonería de los chorizos pudientes (Pujol y compañía), está ya perdida.

miércoles, 30 de agosto de 2017

Deja vu

Ya lo he visto antes.
Fue tras los atentados del 11M, una de las últimas manifestaciones a las que he ido.
El brutal atentado que le costó las elecciones a Mariano Rajoy para que subiese al poder el inútil mas grande que jamas hemos tenido de presidente del gobierno, empezó con una manifestación en la que se culpaba a Aznar de la sangre derramada por los imaginarios islamistas de los trenes.
Bajé a manifestarme contra el terrorismo, a solidarizarme (como dicen los cursis) con las víctimas del despropósito, a expresar mi dolor... y me encontré otra cosa.
El sábado, en Barcelona, he visto otra vez lo mismo: como la izquierda culpaba al Rey y al Gobierno de España de los crímenes realizados por un puñado de musulmanes.
En aquellos días el mensaje caló en la masa... los trenes habían volado por la foto de las Azores.
Luego la operación Rubalcaba, amo y señor de las cloacas, hizo el resto.
Una manifestación contra el terrorismo, con un lema necio, como corresponde a un pueblo que espera ochocientos muertos para pintarse las manitas de blanco, se tornó - otra vez - en una astracanada.
La izquierda, como siempre, dándose un baño de miseria (que es lo único que sabe hacer) se arrancó con eso de "vuestras armas, nuestros muertos".
No se puede ser mas imbécil, odiar mas, o tener peor leche.
Pero esto es lo que hay.
España se descoyunta en manos de estos biznietos de puta sin que el común haga lo mas leve por mantener este tinglado que antes llamábamos Patria.
Nos está haciendo falta una yihad... ochocientos o mil ochocientos muertos más para ver si pasamos de las manitas blancas a tomarnos en serio España.
Y a estos de las pancartitas, destierro o cárcel, no cabe otra... bueno, si cabe, pero no creo que suceda.

miércoles, 28 de junio de 2017

De orgullos y cavernas

Hoy un colaborador de “El Mundo” se ha descargado con un artículo (por llamarlo algo) poniendo a escurrir a “la caverna”, que – según el escribidor – son todos aquellos que por una u otra razón no aprueban abiertamente el lamentable espectáculo de los faustos de “Pride”.
Según el pulsateclas, en España es necesario mantener un día (o un mes) del orgullo gay como reivindicación política porque hay países donde se persigue a los homosexuales y porque – según estadísticas sacadas de alguna manga morada – en las calles de las ciudades españolas se agrede a un homosexual cada dos horas y media.(?)
Cabría recordar al escribiente que algunos de esos países donde se persigue a los homosexuales y que tanto justifican la necesidad de realizar ciertas astracanadas, son los mismos que apoyan económicamente a sus socios en esto de las celebraciones.
Sin ánimo de ser exhaustivo podría citar (a bote pronto) Cuba e Irán, muchos países musulmanes, la Gran Madre Rusia donde si bien no los persiguen abiertamente, tampoco les dejan manifestarse y algunas dictaduras americanas donde los matan de hambre (a ellos y a los que no son como ellos).
Omite también el juntapalabras, cualquier alusión al hecho de que en estos zafios y ruidosos espectáculos la ofensa a los cristianos (colectivo si cabe mas numeroso que el LGTB) es aplaudida con entusiasmo sin que el colectivo ofendido tenga derecho a la menor réplica.
El calamar que firma la entrada mete en el mismo saco a tirios y troyanos haciendo un ejercicio de intolerancia muy por encima del que adjudica a los que no siguen a pié juntillas el dictado del lobby para el que trabaja.
Cavernícola soy, que le vamos a hacer.
No estoy en contra de que los homosexuales reivindiquen lo que les parezca mas adecuado para sus intereses… lo que me molesta de verdad es que lo reivindiquen ciscándose en mis creencias y faltando al respeto a unos cuantos millones de españoles que – por la razón que sea – no tenemos porqué aprobar que para reivindicar cosas haya que enseñar las nalgas… que no es solo una falta de respeto, es un atentado al buen gusto.
Y – seamos sinceros – una semana dando la matraca y colapsando el centro de Madrid es a todas luces un exceso.
Y no lo digo mas alto porque eco de mi caverna me dejaría sordo.

lunes, 3 de abril de 2017

Los discursos del voto

De unos años a esta parte el españolito de a pié está abocado a suscribirse al “discurso del miedo” o al “discurso del odio”.

En el voto, el peso de estos discursos es demoledor.

La izquierda se adhiere con entusiasmo al discurso del odio. Es éste un discurso zafio, cuajado de medias verdades, mentiras manifiestas, populismo barato y estupideces gigantescas… pero eficaz con las tripas que – seamos sinceros - es el órgano que usa el español cuando decide su voto.

La derecha política explota esta adhesión irracional de la izquierda al soniquete revolucionario para acorralar a su votante tradicional con la amenaza del Diluvio Universal… y le funciona de maravilla.

Por un lado el “voto de la entraña”, por el otro, el denominado “voto útil” que, a la postre, sólo resulta de utilidad a los sinvergüenzas que lo propugnan.

Admito haber sucumbido en unas cuantas ocasiones al voto útil.

Con la “pinza en la nariz”, por “el bien común”, para “evitar el desastre”, he dado mi voto a un grupo político miserable que no me representa ni merece mi respeto.

Pero el hastío me supera.

En las próximas pantomimas, o bien no me acercaré a la pecera, o iré a votar por algún partido minoritario que no me ofrezca dos tazas de este caldo.

A esta decisión ha contribuido también ver la deriva que va tomando ese partido que dice ser de derechas pero hace la política de Zapatero (el peor presidente del gobierno en España desde que nos escaqueamos de ser una república socialista soviética)... un partido que puede cambiar diputados con Ciudadanos e incluso con el PSOE sin que le crujan las cuadernas.

De hecho, hace tiempo que vengo manteniendo que para hacer de Felipe González nos sobran gallegos.

¿O no?